EL PACTO HISTÓRICO DEBE DISPUTAR EL SENTIDO DE LO POPULAR

Actualizado: sep 25

A raíz de las últimas y polémicas adhesiones al Pacto Histórico, como la del pastor Alfredo Saade y el guiño del cantante Poncho Zuleta. La pregunta sobre el por qué, nos debe llevar a los límites de la disputa por la hegemonía.


En primera instancia, como bien lo afirmaba Gramsci, el poder no es la simple posesión de los aparatos represivos del Estado, sino también la hegemonía sobre el conjunto de la cultura. Esta es la razón por la cual, una clase minoritaria tiene el control sobre las clases populares desde diferentes dispositivos como la religión y los medios de comunicación.


En este sentido, los significantes más amplios como libertad, patria, nación o progreso, por ejemplo, adquieren los significados y sentidos que impone y permite dicha clase hegemónica. Disputar el poder, por ende, es disputar la hegemonía sobre los significantes.


Este proceso de disputa puede presentarse de múltiples maneras, ya sea de una manera explosiva, progresiva, latente o implosiva. Dado que, siguiendo la máxima foucaultiana, "donde hay poder, hay resistencia". La hegemonía nunca es absoluta.


En segundo lugar, cabe reconocer que si hemos aceptado como Pacto Histórico, la tarea de conformar un bloque hegemónico, fundamentado en la defensa de la paz y el rechazo generalizado al gobierno de Iván Duque, y en definitiva, al uribismo como proyecto político.


Estamos ad portas de un cambio de roles, cuya profundidad y extensión están por verse, hay una nueva mayoría social que evidenciamos durante el Paro Nacional y que intentamos, sea también una mayoría electoral. Dicha mayoría debe entenderse como una trama de actores que no abandonan sus agendas y tensiones, pero que se encuentran en grandes acuerdos básicos, es una unidad estratégica necesaria para el cambio político.


De esta manera, ¿Cuál es el papel de disputar el apoyo de los cristianos y de los íconos de la cultura popular? ¿Cuáles son las fronteras de lo que une todas nuestras diversidades sociales? El cause político del momento histórico en Nuestra América, tiende a ser favorable para los procesos populares, pero igualmente con el resurgimiento del fascismo, el margen de maniobra es complejo.


En la construcción de este nuevo bloque histórico, sin embargo, no pueden creerse por superadas todas las contradicciones internas. Dentro de este Pacto Histórico, se debe estar gestando uno nuevo, que construya nuevos márgenes a los que quedarán inicialmente establecidos.


Por ello, una vez superada la discusión electoral, tendremos por delante la primera tarea de disputar la conducción y la representatividad hacia las elecciones regionales en 2023. Es decir, los márgenes de este nuevo instrumento político que es el Pacto Histórico se moverán no solo en la conformación o el programa político, sino también en cada una de las nuevas batallas electorales.


Nuestras tensiones internas deberán esperar o realizarse en los ámbitos que correspondan, para no caer en el juego del rival político. Por ejemplo, el debate suscitado sobre las figuras públicas, es inevitable, porque la trayectoria de personajes como Poncho Zuleta es cuanto menos, polémica. No olvidamos su apoyo como figura de la cultura vallenata a los políticos de turno.


Por ello, la afirmación realizada hace pocos días, que "se volteó la arepa", acompañada de un saludo al padre de Nicolás Petro durante un concierto. Es sintomática del favoritismo que despierta el candidato presidencial, Gustavo Petro y no comprometen programáticamente al Pacto Histórico. Pero es amplificada por sectores que buscan generar grietas al interior de nuestras convulsionadas fuerzas políticas. Las cuales, todavía estábamos digiriendo la entrada de sectores evangélicos y antiderechos. Es decir, sea cual sea nuestra tensión o contradicción interna, está en marcha una estrategia de maximizarla con el fin de provocar divisiones. Es parte de la coyuntura electoral que nos convoca y no debe escandalizarnos.


¿Cuáles son los márgenes de nuestro bloque? Una manera de responder es definir el sentido de lo histórico de este pacto. Esa labor ha empezado internamente con la construcción de nuestro programa político, en cabeza de Clara López Obregón y una comisión que construyeron un primer documento a mediados de este mes. Dicho documento de cinco puntos, denominado lista programática, tiene una agenda legislativa que orientaría el accionar de los futuros congresistas electos por el Pacto Histórico.


Pero estos márgenes no escapa al cálculo electoral, donde precisamos no solo el voto de los sectores que hacen o harán parte de este frente político, sino de la lectura que el candidato presidencial haga de la opinión pública como cabeza visible de nuestra naciente alianza electoral.


En su reciente paso por la Costa Atlántica, el líder indiscutible de este espacio, tuvo como tarea garantizar las mayorías electorales y nos ha dado claras señales sobre el terreno donde estará la discusión, lo popular.


Gustavo Petro, será presidente si logra quebrar el dominio político de las castas políticas en la Costa y Antioquia, donde en la segunda vuelta de 2018 perdió ante el uribismo. Allí el poder político de la derecha no solo son los capitales económicos y el control armado, sino también el sentido de la cultura popular. La religión, el fútbol y la música son fundamentales en estas regiones. Debemos empezar a acostumbrarnos a las fotos del candidato presidencial junto a estrellas de la farándula, deportistas y líderes religiosos.

Foto: Visita del Pibe Valderrama a Gustavo Petro, julio de 2012


Por lo tanto, no nos debe extrañar estas adhesiones "descabelladas" de los últimos días. Estamos ante una campaña que se jugará en lo más simbólico de nuestro folclor electoral. Necesitamos un candidato que conecte con lo popular, y con más retaguardia programática que vanguardia. En el mejor de los casos, nuestro programa político debería seducir al electorado tanto o más que el candidato que lo enarbola, pero no es el caso.


¿Estaremos a la altura de lograrlo? O caeremos en las discusiones bizantinas y ortodoxas, que corresponden a otros momentos, no a meses de una oportunidad electoral única y donde cada división es exponencialmente fatal.



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