¿Para qué filosofía después de Wuhan?

Por Alex Trujillo Giraldo

En medio de la crisis generada por la pandemia del COVID-19, han aparecido con una nueva potencia inusitada, múltiples voces del mundo académico. ¿Una filosofía “pandémica”, distópica, utópica o apocalíptica? Todavía está por verse. ¿Por qué vale la pena filosofar en estos tiempos? Cuando quizás las personas buscan respuestas, en vez del cuestionamiento permanente de la filosofía.

Como bien lo han recordado los historiadores, no es la primera vez que sufrimos una pandemia. No es la primera vez que nos encontramos ante un “enemigo invisible”. Pero sí es la primera vez que tenemos mecanismos comunes de defensa frente a este tipo de fenómenos. 

Hasta hace unos meses, para nuestro hemisferio, Wuhan era un lugar tan desconocido como la supuesta sopa de murciélago que pudo haber originado el primer contagio. Y por nuestras pantallas veíamos cómo las proféticas imágenes de las películas más distópicas se hacían realidad. 

En un abrir y cerrar de ojos, llovían por todas las redes sociales todo tipo de teorías. Desde las más religiosas hasta explicaciones conspirativas sobre el Nuevo Orden Mundial, entre otras. El discurso científico entró en tensión con los discursos políticos y económicos con una lluvia de información y datos que los medios de comunicación han puesto en circulación como nunca antes.

Estupefactos, vimos cómo en Nueva York se abrían fosas comunes para enterrar los cadáveres que se acumulaban en los hospitales. En Guayaquil, los cuerpos de los fallecidos eran dejados en la calle, por sus familiares en un acto de impotencia frente al colapso de los servicios funerarios. 

Después de la Segunda Guerra Mundial, Theodor Adorno afirmó: “escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”. Con ello, presentaba lo profundo del drama que se acababa de vivir y el acto “insensible” de resignificar lo ocurrido. 

Guardando las proporciones. La pregunta es similar en estas fechas, no solo si podremos hacer poesía, sino cuál debe ser la postura intelectual frente al trauma. Frente a esta experiencia de lo imposible, como diría Derrida. ¿Qué pensar ante el acontecimiento? ¿Qué pensar después de Wuhan? 

 

Una vieja concepción del tiempo para nuevos tiempos

 

En la tradición griega, se reconocían tres tipos de tiempo, algo que quizás de entrada nos parece particular. Ellos consideraban que uno era el tiempo medible, representado por el dios Kronos, padre de Zeus. Otro por su hermano Kairós, que representa el tiempo vivenciado o preciso y el tiempo eterno, personificado por Aión.

 

El tiempo donde un hecho sucede inmediatamente otro, es el que medimos, el tiempo cronológico. ¿Pero acaso no hemos sentido momentos, donde parece que el tiempo se detiene o transcurre más lentamente? 

 

Justamente, lo particular de esta pandemia, ya que producto de una cuarentena global por primera vez en la historia, existe una parálisis parcial de gran parte de las actividades humanas. Es decir, se alteró la forma de vivenciar el tiempo. Perdimos noción de las horas y los días, el orden cronológico se evapora al intentar atrapar lo efímero y pesado de vivenciar este tiempo. Kairós ha emergido junto a un mareo que nos ensopa. Nos abruma. El aquí y ahora, cobra un nuevo significado. 

 

En 1940, el escritor irlandés Samuel Beckett escribió “Esperando a Godot”, una obra que podría recrear esta misma sensación. Dado que Didí y Estragón, los protagonistas de la historia, se encuentran esperando a un tal Godot. Sin saber nunca quién es, si ha pasado o está por llegar. 

 

Nuestra experiencia con este “enemigo invisible”, como lo han titulado los medios de comunicación, es una experiencia de lo incierto. No sabemos si está presente, si ha pasado o está por llegar. El Covid sería nuestro Godot. 

 

Aión, el dios de lo eterno, el tiempo de todos los pasados y, sobretodo, de todos los futuros posibles. Si se nos permite, representa la idea de progreso de la modernidad. Esta idea que nos impulsa a pensar que cada día la humanidad camina hacia su superación. 

 

Somos “naturalmente” optimistas, y nuestra tendencia desde la modernidad es hacia la construcción de utopías. Esa forma de vivenciar el tiempo, que es propia del conjunto de la humanidad, se encuentra hoy también cuestionada. ¿Es posible seguir pensando en  utopías en medio de la distopía?

 

Aparece nuevamente el "No Future", esa reacción nihilista frente a la proyección y el control de la vida. La sensación colectiva de eternidad y prosperidad queda en suspenso, para darle paso al sin sabor de la incertidumbre. 

Esto es producto de que han quedado expuestas las asimetrías entre naciones, pueblos, barrios, profesiones, clases, edades, géneros, patologías. Una grieta. 

 

Entre países que cuentan con los medios económicos para sostener una población en cuarentena percibiendo una renta básica, y países donde dicha situación es económicamente insostenible. Quienes efectivamente pueden quedarse en casa y otros para quienes la calle ha sido su hogar. Entre quienes pueden tener una vivienda con todas las comodidades y quienes viven en condiciones de hacinamiento. Entre quienes disfrutan del tiempo en familia y quienes conviven con sus verdugos en casa. Entre quienes trabajan y quienes teletrabajan. Entre quienes tienen más vulnerabilidad por su edad o patología previa y quienes no. Son tiempos de incertidumbre y preguntas.


 

¿Estas asimetrías seguirán? ¿Vendrá algo nuevo? ¿Cambiaremos como sociedad? ¿Qué futuro nos aguarda? ¿Retornaremos a Aión, al dios de lo eterno, de la prosperidad futura?