VENCER A LA MUERTE

“La muerte es lo más sólido que ha inventado la vida.”

Ciorán 


 

 

 

El ser humano, como afirmó Martin Heidegger (1889-1976), es “un ser para la muerte”. Dado que tiene plena conciencia de su finitud. Sin embargo, guarda una expectativa de extender su existencia. Nada lo prueba más que los mitos que rodean la muerte en todas las culturas.

 

Por ejemplo, la reencarnación en las religiones védicas o la resurrección en el cristianismo, representan la derrota de nuestra finitud física y el avance a un plano metafísico, que nos devuelve al plano de lo físico. Cuestión que permite tranquilizarnos ante el inevitable fin de nuestras vidas. Difícilmente se podrá objetar lo efectivo y convincente que han resultado estos discursos, durante miles de años para nuestras civilizaciones. 

 

Aunque el acceso a este otro escenario o continuidad de la vida se encuentra condicionado. Dado que plantean, por lo general, una ruta meritoria que cumple también en responder la pregunta sobre el sentido de la existencia material, al justificarla como camino hacia otra existencia, a la cual debemos merecer habitar pasando previamente el juicio de nuestras acciones anteriores. Es una recompensa. Un poco de la divinidad nos habita, o yo participado de ella, porque lo merecemos. 

 

Por su parte, quien no siga por estos senderos metafísico, tendría que encontrarse con la muerte como el cierre definitivo. Que aún así, podríamos burlar o vencer,  dado que uno puede continuar "viviendo" en el recuerdo, el legado o la descendencia.

 

Desde nuestras iniciales en el árbol bajo el que dimos nuestro primer beso que seguramente resistirá más que nosotros al paso de los años, hasta una vasta herencia que dejar a numerosos hijos que le pondrán nuestro nombre a los suyos o una obra de nuestra autoría que retumbe durante décadas en la memoria colectiva. Por más humilde que sea este deseo, está presente. 

 

Sea por la fé, la cultura o la razón. No nos parece suficiente la vida. Queremos vivir de otras maneras, como diría Nietzsche, "el hombre prefiere querer la nada a no querer". Nos aterra lo efímero y fútil que puede resultar nuestra existencia. Por eso le buscamos un sentido. 

 

En parte, porque estamos permanentemente rodeados de muerte. En los últimos días, la muerte a causa de la pandemia del Covid-19 se convirtió en una cifra que se anuncia con la frivolidad con la que se dice el precio del petróleo. Como pasamos sobre tantos hechos violentos todos los días. 

 

Nuestra historia es el cúmulo de masacres que bajo una X o Y bandera se han realizado, y nos atraviesa como el hecho de sentirnos parte de algún lugar. ¿Acaso la construcción de nuestro país, no implicó la muerte de miles de personas? Pero eso es lo que menos importa cuando juega la selección de fútbol y nos sentimos orgullosos.

 

Podríamos llevarlo al plano de nuestras dietas también, dado que incluyen la muerte de diversos seres vivos, pero importa más la temperatura del plato que la cantidad de sufrimiento que implicó fabricarlo. Suena crudo, pero es un hecho. Somos tan frágiles ante la muerte, pero somos capaces de provocarla a nuestro alrededor con mucha impunidad. 

 

Somos un ser para la muerte, también porque cada día morimos un poco, biológicamente nuestras células se reemplazan completamente al cabo de 10 años. Irremediablemente hoy soy más joven que lo que seré mañana y jamás estaré nuevamente tan lejos de mi muerte como ayer.

 

Tenemos que agarrarnos de esta búsqueda de sentido, porque la nada es completamente impensable. Es decir, la muerte supone una ruptura con todo lo conocido y es tan definitiva, que pierde sentido adelantar su llegada. En otras palabras, para vivir tengo poco tiempo, para estar muerto toda una eternidad. 

 

Pero si pensáramos en una vida sin fin, es decir, la desesperanza de la eternidad. Como aquella que vemos en el mito de Sísifo, quien por tenderle una trampa a Tánatos (la muerte), fue castigado por Hades a subir una piedra por una colina y volver a arrojarla indefinidamente. La muerte sería la paz, o se necesitaría una dosis de estoicismo absurdo como el que Camus (1913-1960) cree que podría justificar la labor de Sísifo, al afirmar que él piensa en un Sísifo feliz, que acepta su castigo eterno, porque ha abandonado toda pretensión de trascendencia. 

 

Otra posibilidad que cabe contraponer a la muerte, podría ser la afirmación nietzscheana que “ningún artista admite lo real”. Esa sensación de que al mundo le falta algo, y que la creación artística  es la posibilidad de corregir al mundo. En este sentido, el artista quiere competir con Dios.

 

En otras palabras, quiere probar algo de esa divinidad que le da sentido a todo, el hombre le quiere dar sentido a su vida, por eso esta carrera de vencer a la muerte.