PUENTE RESISTENCIA EN CLAVE LATINOAMERICANA

Actualizado: may 23

Teniendo como base, la teoría de Michel de Certeau, sobre la apropiación de las ciudades presente en toda su obra, principalmente en “La invención de lo cotidiano”. Donde los “usuarios”, construyen y destruyen, habitan o abandonan los espacios urbanos, podríamos iniciar esta reflexión sobre cómo este proceso político, le da uso a la calle como escenario de resignificación.


En particular, el caso de Puente Resistencia o Puente Bolívar, lo que fácticamente es una nueva forma de leer la ciudad y sus márgenes, superando las fronteras. En esto, creo que vale la pena preguntarse dónde empieza y termina Cartago, qué ha representado para las juventudes populares de la Comuna 1 y Pto.Caldas habitar conjuntamente este espacio desde la rebeldía. Como también está sucediendo en otros espacios de resistencia en el país, en el marco de esta lucha social que supera los veinte días.


Foto: Miguel Penilla


Para ello, no propongo plantear una teoría sobre el sentido de habitar esos lugares, porque este proceso de Paro Nacional, me encontró fuera del país, sería un atrevimiento hablar “sobre” y no “desde”. Además, porque invito a estxs jóvenes a escribir sus sentires en algún momento, respondiendo quizás a mis provocaciones.


En este sentido, les planteo una reflexión en clave de entender aquello que viven ahora, con la historia de Nuestra América (Abya Yala) y procesos similares de resistencia urbana al neoliberalismo. Hablo del estallido social en Chile del 2019, que acaba de lograr una Convención Constituyente, el movimiento piquetero del Corralito de 2001 en Argentina y la guerra del agua en Cochabamba, Bolivia en el año 2000.


¿Qué tiene que ver estos tres procesos, con la crisis nuestra actual en Colombia? Son acontecimientos de ruptura, no propiamente cierres de ciclo, o un quiebre total, o un cambio de paradigma.


Así, podría tenerse en cuenta la definición que propone el filósofo Alan Badiou, quien afirma que el acontecimiento no cuenta un límite definitivo, sino momentos irruptivos, significativos y performativos.


Para este caso, un momento irrruptivo podrían ser las marchas y bloqueos, el significativo que sucede en las reflexiones de las asambleas populares y, finalmente, el performativo que sería el de cambio social, que esperemos llegue al final de todo este proceso.



EL ESTALLIDO SOCIAL EN CHILE DE 2019


Brevemente, hay que tener en cuenta que Chile vivió una dictadura militar (1973-1990) que puso fin a un proceso popular, alcanzado en las urnas con Salvador Allende. La dictadura de Augusto Pinochet, produjo una Constitución Política profundamente neoliberal, donde el Estado quedaba reducido a una expresión represiva y en función del mercado, llegando incluso a privatizar el agua.


Por ende, este hecho hace de facto, que su historia sea diferente a la nuestra y que justamente hoy tenga como resultado una Convención Constituyente para reemplazar dicha Constitución. Pero compartiendo, al igual que todo el hemisferio, la imposición a ultranza del modelo neoliberal, después de la caída del bloque socialista soviético.


En 2008, las movilizaciones estudiantiles contra la reforma a la ley general de educación, generaron un nuevo sujeto político en la juventud popular chilena, la cual cuestionaba este modelo neoliberal. Estos mismos jóvenes fueron los que en 2011, lucharon por la gratuidad en la educación superior y que tuve la fortuna de conocer en el exilio, durante las movilizaciones que juntos realizamos en Buenos Aires.


Ahí es donde podemos establecer temporalmente un paralelismo, dado que en 2011, tanto los universitarios chilenos como los colombianos, nos encontrábamos en movilización contra el modelo educativo excluyente y privatizador de nuestros gobiernos.


En ese entonces, Colombia vivía un proceso de reforma a la ley 30 de educación superior que replicaba las mismas condiciones, por las que nuestros compas chilenos se estaban movilizando. Ellos triunfaron en su lucha, y líderes estudiantiles como Camila Vallejo, luego entraron al Congreso chileno. Nosotros no asumimos esa tarea, teníamos primero que afrontar un proceso de paz con las FARC-EP, que perdimos electoralmente en el plebiscito de 2016.


Este movimiento estudiantil chileno, fue la base de procesos políticos como el gobierno de Jorge Sharp, en Valparaíso, y lo que hoy son las organizaciones del Frente Amplio, que obtuvieron un excelente resultado en la elección de la Convención Constituyente de este mayo de 2021.


Es decir, el declive del neoliberalismo en Chile y Colombia, aunque cuentan con antecedentes diferentes, tiene una relación temporal muy similar y lazos de contacto en el sujeto político que protagoniza estos procesos disruptivos: la juventud. Lo que nos lleva a tener formas de lucha, narrativas y enemigos comunes.


Sin embargo, creo que dicha inspiración trasandina, tiene sus límites. Tenemos nuestras particularidades. Sería un error, pensar que el producto del Paro Nacional colombiano deba ser también una nueva constitución, porque la nuestra a diferencia de la chilena, es garantista de derechos. Entre ellos, la tutela, la autonomía indígena y un equilibrio de poderes que ha impedido algunos retrocesos planteados por los gobiernos neoliberales.


Ciertamente, requerimos reformas estructurales, pero sería muy riesgoso plantear una propuesta constituyente que hasta el uribismo ha intentado posicionar, como también la misma reducción del Congreso. Porque ellos, manejan todavía las reglas del juego electoral y no hemos logrado un triunfo en las urnas que garantice que efectivamente podamos como pueblo organizado dar una batalla de este tipo.



EL MOVIMIENTO PIQUETERO


Al igual que nuestras jóvenes en los bloqueos, el movimiento piquetero en Argentina surge de una masa de desempleados, que utilizan el corte de carreteras para llamar la atención del Estado en un contexto de crisis económica. Esta expresión de la lucha social argentina, ha sido una constante desde los años del menemismo, que vendía una falsa idea de progreso económico sin mirar las desigualdades que generaba.


Cuando el relato neoliberal explotó a finales del 2001, en el Corralito, que fue una medida económica que obligó a los bancos a retener los ahorros de los ciudadanos y producir una devaluación abrupta. Los piqueteros emergieron como vanguardia de lucha, pusieron gran parte de las víctimas mortales en los disturbios de Plaza de Mayo en Buenos Aires, que en diciembre de ese año, obligaron a huir al presidente Fernando de la Rúa, en un helicóptero.


Sin embargo, la consigna de ¡Que se vayan todos! Como muestra del descontento social, dejó una sensación de caos y no futuro que hizo ingobernable el país durante meses. A este proceso, costó mucho leerlo desde los partidos políticos, las asambleas populares no tenían aspiraciones electorales y el movimiento social no lograba encontrar cuadros que asumieran con legitimidad la lucha electoral.


Por lo tanto, en las elecciones presidenciales del 2003, ganó Carlos Menem la primera vuelta, pero ante el rechazo a volver a una situación similar, todas las demás fuerzas optaron por apoyar a Néstor Kirchner, quien sorpresivamente no tuvo que enfrentarse a Menem, porque desistió de competir en el balotaje.


En este sentido, cabe asumir este ejemplo acontecido en Argentina, frente al descontento que desde los sectores más radicalizados de la protesta social nuestra, puedan orientar la lucha a una situación de pensar que no hay salidas políticas electorales a la crisis.


Dicha sensación, aunque válida y justificada, no es necesariamente la que permita avanzar, y puede posibilitar un retroceso a una situación anterior, donde la derecha emerge como restablecedora del orden.


LA GUERRA DEL AGUA EN COCHABAMBA, BOLIVIA DEL 2000



Por su parte, la guerra del agua en Cochabamba, leída desde la propuesta del feminismo comunitario de Adriana Guzmán. Puede orientarnos sobre una crítica a priorizar la confrontación y su importancia, sobre otras labores que hacen parte de la resistencia.


En una conversación que sostuvimos con ella y otras compañeras bolivianas, nos comentaba que el feminismo comunitario vivenciado por las compañeras de Cochabamba, se diferenciaba del feminismo individualista blanco, en tanto surgió en las labores de cuidado durante las manifestaciones entre enero y abril del año 2000.


En estas manifestaciones, producidas por la privatización del servicio de acueducto en esta ciudad y el consecuente aumento de tarifas, las mujeres como suele ser la costumbre patriarcal, se vieron con las tareas de cuidar colectivamente a los niños, atender los heridos y preparar los alimentos.


Las mujeres, comentaba Guzmán, habían logrado hacer rendir los alimentos para todo un pueblo en lucha por tres meses. Una labor titánica, que jamás fue reconocida, porque quienes negociaron los términos de la lucha eran los hombres que argumentaban que ellos ponían los heridos. También, que estas mujeres se dieron cuenta que en sus hogares pasaban situaciones de represión patriarcal y violencia ejercida por quienes ahora posaban de héroes en las manifestaciones. Al punto, que muchas de ellas vivenciaron las asambleas de mujeres y la olla comunitaria como una posibilidad de organización social. Es decir, no querían regresar a la “normalidad” que habían negociado los varones.



Como conclusión, a modo de provocación, considero que pasar de la barricada a la asamblea como nos invitaba hace unos días un líder político colombiano, debe permitir leer estas experiencias colectivamente. Escucharnos y entender, cuáles son las relaciones y las diferencias con lo que no solo han vivido otros pueblos de Nuestra América (Abya Yala), sino también cómo desde cada lugar, aporte y situación se han vivido estos veinte días de paro, para orientar la comprensión del nuevo país que estamos pariendo.




174 vistas0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo